Hace pocas décadas era un muladar, un lugar olvidado, de mal vivir. La solución, en su momento, era clara: tratar de ‘detener’ la erosión del mar y generar un espacio transitable en el que se pueda ver decentemente algo de mar, darle la cara, como pasaba hace poco menos de un siglo.
Hace aproximadamente una década se hizo la intervención del malecón en el Casco Urbano. Se limpió y se construyó un enrocado para que el espacio público pueda ser utilizado.
Para lo que había antes, estuvo bien. Durante sus primeros años ya no se trató de un lugar de mal vivir, sino de un espacio medianamente atractivo, incluso como postal turística. Aumentó el valor de la zona y generó la aparición de comercios. En el aspecto urbano y económico resultó positivo.
Igual y con todo, había aspectos observables: la accesibilidad limitada y accidentada; la poca flexibilidad de espacios y la priorización del tránsito vehicular; o el muy poco espacio peatonal o de estancia, resumiéndose en caminos (algunos torpes como todo el sendero elevado de piedra) y superficies reducidas dedicadas a la contemplación.
A decir
verdad, cualquier opción era mejor que el muladar, y por ello, quizá, lo que se
hizo funcionó.
Sin
embargo, lo que tenemos hoy es la magnificación de una obra mala, y esto porque
una obra de esta envergadura no puede darse el lujo de durar tan poco.
El Malecón
Grau se está convirtiendo de nuevo en un desperdicio inhabitable, y esta vez no
por la pura contaminación y poca conciencia de la gente -aunque de esta última también
hay, y bastante- sino, sobre todo, por las malas soluciones de quienes lo
proyectaron en su momento.
El
enrocado (de piedras grandes ‘pegadas’ superficialmente con concreto) ya no es
más eso, sino solo montículos de piedras que han dejado orificios lo suficientemente grandes
como para que ancianos se accidenten, se amontonen desperdicios humanos o para que
jueguen las ratas. No es difícil imaginarse que con el tiempo esas piedras (hoy
grandes) se desprenderán hacia el mar o, por la erosión, irán reduciendo su tamaño hasta hacerse
inservibles.
Del mobiliario
urbano no queda ni la ingeniosa concepción a partir de metáforas marinas. Pilares
y asientos de concreto descascarados y con los fierros expuestos; maderas que
se suponía daban sombra ahora están por pedazos, tan inútiles como el primer día.
Luminarias que no funcionan, tubos carcomidos o, en su defecto, bastante oxidados
en los que ni indigentes quieren apoyarse.
Su
emblema urbano: una aparatosa cobertura en su momento bastante pretenciosa, hoy
duerme desvestida e insulsa, venida a menos gracias a la naturaleza y con
amenaza de venirse abajo por pedazos. Pequeño favor le haría esto a la Plaza 28
de Julio.
¿Se
necesitaba, acaso, mucho sentido común para haber previsto esto?
Lo que
hoy queda es la pura insignificancia, y no debería anteponerse a ella, para
tapar errores y como salida de oportunistas, la nostálgica respuesta a la que
todavía se aferran algunos: la del predominio paisajístico y posiblemente
turístico que nos daría si esto fuera mejor de lo que es. Esto último, hoy, pesa de absurdo.
A veces
el ‘mantenimiento’ es insuficiente. A veces los errores del pasado son
lapidarios. Pareciera como si lo único que nos quedara por hacer fuera dejarle a la
naturaleza hacer su trabajo.
5/10
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| Malecón Grau de Chimbote (Abril de 2018). Fotos: I.R. |







